Nota de Jaime cuando le entregué este articulo.

A mí me ha ido genial.

Sin estos votos no hubiera podido vivir donde he vivido ni hacer alguna cosa que he hecho.

No tengo ni una habitación que sea mi casa. Voy rodando sin nada mío.

Y encima estoy feliz.

No tengo pareja, ni hijos ni nietos.

No tengo posibilidad de hacer lo que quiera ni vivir donde y con quien quiera.

De ninguna manera me causa sensación de tristeza, pequeñez, soledad…

Estoy profundamente feliz.

Y, además, hago lo que quiero (porque el Señor me ha metido en esto) y tengo el hogar familiar (Compañía de Jesús) en el que gozo, y mi familia que me encanta.

Y muchos amigos de verdad enganchados en este imprevisible caminar con nuestros marginados hacia el Padre con un solo problema: no tengo tiempo para gozarlos a todos.

Los Votos Religiosos

Las culturas pasadas priorizaron en el desarrollo del cristianismo, las virtudes PASIVAS, bajo la bandera de los tres votos fundamentales que juraban los “santos religiosos”.

Ese era el norte, el ideal de la utopía cristiana: Pobreza, Castidad y Obediencia.

Todos frenos pasivos.

El de pobreza.

El estimulo de tener para tu familia etc. Hacía que las ocho horas de trabajo, no pocas veces se multiplicaban.

El religioso, medio fervoroso, trabajaba y trabaja más.

Pero el tibio, podía vaguear. Tenía seguro lo suficiente para vivir bastante bien.

El voto podía parar ese deseo básico del hombre y motor siempre del progreso, no solo material, sino: personal, cultural, etc.

El voto de castidad, ha pretendido históricamente, no siempre con éxito, que la persona que intentase servir seriamente al Señor, tuviese que frenar el sentimiento más profundo del ser humano, y el grifo incontinente del sexo.

La obediencia enterraba, no pocas veces la luz fantástica del súbdito, bajo la orden “divina” del Superior. Muy observante. Pero con pocas luces.

La idea era buena: frenar los grandes atractivos que tiene la vida, para poder entregarse sin condiciones a la vida de oración, evangelización, sacerdocio, contemplación.

Pero, no pocas veces, la energía dedicada a “frenar” ocupaba demasiada parte de la vida del religioso.

Y, desgraciadamente, no eran compatibles los: deseos de hogar, vida familiar, vida social normal, con el sacerdocio ni contemplación.

Los exámenes de conciencia

En la vida religiosa, generalmente los exámenes de conciencia eran negativos: reprimir la vista, frenar la imaginación, no hablar de defectos ajenos, cumplir con tiempo de rezo, mortificarme en comida, vestido etc.

Generalmente para organizarse mejor en cumplir los VOTOS.

No solía aparecer el examen de: la intensidad de mi trabajo, iniciativas para mejorarlo, programación para animar a los colaboradores, crear buen ambiente, conseguir el liderazgo real, ampliación del campo de trabajo, preparación de nuevos colaboradores…

Así, de improviso, yo propondría este tipo de examen a todos los cristianos que se lo toman en serio:

  1. Análisis de la realidad social del campo donde vaya a trabajar: historia, por qué hasta ahora se ha hecho así. Estructuras, gente.
     
  2. Iniciativa: qué podría hacer? Cómo?, Como hacerlo mejor? Cómo buscar y formar un equipo?.
     
  3. Amor: el motor de nuestra vida es amarles como el Señor nos ama. A todos y cada uno. Pedir por ellos al Señor. Voluntarios, profesionales, “ellos” (beneficiarios). Todos nos necesitamos.
     
  4. Respeto: nunca pensar que somos los buenos. Los que ayudamos: Todos nos necesitamos. Todos ganamos. Sin “ellos” nos comería el mayor pecado: el egoísmo.
    Es decir la lejanía de Dios que es amor.
     
  5. Servicio que viene de servir, no de mandar.

    Examen de la intensidad e inteligencia destinados a servir.

    Es decir: no dedicarme a frenar lo positivo que brota en mi vida al contacto con la gente y con Dios.

    Sino fomentar la iniciativa y la ilusión para entregar mi vida en el mejor servicio posible a mis hermanos.

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