Archivo de febrero de 2011

Soy voluntario y quiero utilizar esta ventanita a la que supuestamente tengo derecho.

No soy católico practicante.

Pero soy honrado, sirvo a los pobres y creo en Dios.

Por eso me hieren cosas del sermón del Cardenal (Info. Madrid, 4 de enero) que me encontré en la oficina de la Fundación.

Dice: “No seremos capaces de acoger la gracia de la salvación y hacerla nuestra si no es a través de la familia formada y vivida cristianamente”

Es una barbaridad que hiere.

Y, añade “a vosotras queridas familias cristianas, os ama el Señor”

Y a las otras también!!!

No pintemos el “papaíto mío”,

Sino el Padre Nuestro.

El Dr. Coullaut nos dio unas características de lo que podía ser el perfil de los que estamos en la Fundación.

Eran estos: Ciencia, Inteligencia, Fe, Carisma y Dedicación a los marginados. Es decir: estudiar en profundidad el tema, planificar el camino con cabeza. Fe, y ese perfil especial de nuestra Fe que embrionariamente se explica en el “librito verde”.

El Páter saltó emocionado, porque por ahí andaba él pensando sobre el futuro laicado en la Iglesia.

Porque hasta ahora todo eso del laicado creen que es: suavizar, diluir en el exterior los hábitos y votos de los religiosos, que hasta ahora han sido siempre su distintivo.

Pero que, en realidad, siguen atados con votos, promesas o compromisos formales de dependencia, firmados y prometidos formalmente.

El laico no es un religioso clandestino, ni descafeinado.

XXX

Laico es una definición negativa: No religioso, no formando parte de la elite clerical.

Por tanto su delimitación fronteriza está enormemente difuminada.

Desde el bautizado no practicante ni creyente hasta el Vicente Ferrer de la India.

Como en cualquier sociedad, hay grupos que asumen un problema social serio  para responsabilizarse de su solución.

Así se hicieron siempre  las Ordenes Religiosas.
Dominicos: para predicar
Escolapios: enseñanza
S. Juan de Dios: enfermos
Jesuitas: preparar dirigentes especializados.
Adoratrices: pedir por el mundo
Salesianos: enseñanza profesional popular
Benedictinos: arte
Franciscanos: pobreza
Siempre con su hábito especial y los tres votos

Lo de la Fundación es distinto.

No hay votos, ni hábitos. Pero asumimos una responsabilidad evangélica con estas características y este objetivo en el caminante pueblo de Dios.

Será éste el futuro de las “nuevas órdenes religiosas” formadas por laicos laicos?

Haciendo las cosas como veamos nosotros y a nuestra costa. No teledirigidos por ningún tipo de jerarquía. En comunión con ellos. Pero sin tener que pedir permiso ni dinero.

Como decía S. Ignacio en el Siglo XVI a sus Jesuitas:
“Cuales quiera medios que Ud. juzgue son los mejores, en Nuestro Señor, yo los apruebo  totalmente”

“En este asunto sólo tenemos una voluntad, pero Ud. está en contacto más directo con los asuntos de este lugar en el que está”

“Deseo que en el futuro haga Ud. sin escrúpulos, lo que su buen juicio le diga que debe hacer de acuerdo con las circunstancias sin tener en cuenta lo que digan las reglas y las ordenanzas”

De auténtico profeta.

Hoy nos lo dice a nosotros.

Lo cierto es que los laicos comprometidos necesitamos, no tanto, ser cumplidores de otros mandamientos y normas, sino ser agentes activos en el ideal de Jesucristo: el Reino.

“Venid benditos de mi Padre porque:
Tuve hambre y sed y me atendisteis
Estuve enfermo, con enfermedad que produce rechazo social – antes lepra, peste, hoy drogodependencia y SIDA – y me acogisteis.
Estuve desnudo. No de camisas usadas que sobran, sino “sin techo”, y me lo disteis.
Estuve peregrino: “sin papeles” y me abristeis los brazos.
Estuve preso y me visitasteis.
Estuve acabado de cárcel, droga, SIDA, “sin techo”…demenciado y me acogisteis.
Y acogisteis a esos niñitos nacidos en estos ambientes y a MI me acogisteis.

“Este es MI mandamiento: que os améis”.

Que les améis.

Y, cuando ve  que su vida entre nosotros se acaba y deja tan endeble la construcción del Reino de DIOS, lanza su ORDEN fundamental:
“Como mi Padre me envió, YO os envio”
A nosotros nos envía a dar la mano a los marginados. Intentar curarles. Hacer que su gemido llegue a la sociedad.

Escuchamos la llamada (vocación) de DIOS y aceptamos gozosos la misión a la que nos envía.      

Este es nuestro Carisma.

Este es nuestro puesto en el Pueblo de DIOS.

Nota: Te gustaría que nuestros Obispos y los líderes de la laicidad violenta pensaran y hablaran así?

Con demasiada frecuencia hemos visto que se utiliza la fe como herramienta para dividir a unos y otros; como una excusa para el prejuicio y la intolerancia. Se han emprendido guerras. Se han ejecutado inocentes. A lo largo de los siglos, religiones enteras han sido perseguidas, siempre en el nombre de lo que se cree correcto.

Barack ObamaSin duda la misma naturaleza de la fe muestra que nuestras creencias nunca serán iguales. Leemos diferentes libros. Seguimos diferentes mandatos. Estamos suscritos a diferentes relatos acerca de cómo fue que llegamos aquí. Y adonde iremos luego, y algunos no profesan absolutamente fe alguna.

Pero independientemente de aquello en que elijamos creer, recordemos que no existe ninguna religión cuyo credo central sea el odio. No existe Dios que consienta la eliminación de seres humanos inocentes. Eso lo sabemos muy bien.

Sabemos también que a pesar de nuestras diferencias, hay una ley que vincula a las grandes religiones. Jesús nos dijo ama a tu prójimo como a ti mismo”. La Torah ordena: “aquello que sea malo para ti, no lo hagas a tus semejantes”. En el Islam, hay una enseñanza que afirma: “ninguno cree realmente hasta que desea para su hermano lo mismo que desea para sí”. Y lo mismo vale para los Budistas, los Hinduistas, los seguidores de Confucio y para los humanistas. Es, por supuesto, la Regla de oro, la propuesta que nos invita a amarnos, a entendernos, a tratar con dignidad y respeto a todos aquellos con quienes compartimos un breve momento en esta tierra.

Es una regla antigua, una regla simple, pero también uno de los mayores desafíos. Porque pide de cada uno de nosotros que tomemos responsabilidad por el bienestar de gente que tal vez no conocemos ni admiramos y con quienes tal vez no coincidimos del todo. A veces, nos pide que nos reconciliemos con acérrimos enemigos. O que resolvamos viejas disputas. Y eso requiere una fe activa, vital, y fervorosa. Requiere no sólo  que creamos, sino que actuemos, para dar algo de nosotros para beneficio de otros y la construcción de un mundo mejor.

De este modo, la fe particular que nos motiva puede promover un bien mayor para todos. En lugar de separarnos, nuestras variadas creencias pueden unirnos en la intención de alimentar al hambriento y confortar al afligido; en la intención de llevar paz donde hay conflicto y reconstruir lo que ha sido roto; para levantar a aquellos que han caído en un tiempo de dificultad. Esta no es sólo nuestra obligación como personas de fe, sino también como ciudadanos de América, y será el propósito de la Oficina de la Casa Blanca para Asociaciones Religiosas y Vecinales, que anunciaré más adelante en el día de hoy.

El objetivo de esta oficina nos será otorgar beneficios a favor de un grupo religioso sobre otro, ni tampoco el beneficio de grupos religiosos sobre aquellos que no lo son. Será simplemente el de facilitar el trabajo de aquellas organizaciones que trabajan para el beneficio de nuestras comunidades, y hacer eso sin borrar la línea que nuestros fundadores sabiamente trazaron entre iglesia y estado. Este trabajo es importante, porque ya se trate de un grupo que asesora familias amenazadas por el desalojo, o de grupos de fe que proveen capacitación laboral a quienes están desempleados, pocos se encuentran tan cerca de lo que ocurre en las calles y vecindarios de estas organizaciones. La gente confía en ellas. Las comunidades creen en ellas. Y nosotros las vamos a ayudar.

Trataremos también de alcanzar a líderes y estudiantes en todo el mundo para cultivar un dialogo pacifico y productivo en torno al tema de la fe. No espero que las diferencias desaparezcan de la noche a la mañana, ni tampoco creo que las antiguas perspectivas y los conflictos vayan a evaporarse repentinamente. Pero si creo que si podemos hablar con el otro abierta y honestamente, tal vez las viejas grietas comenzarán a ser reparadas, y nuevas sociedades comenzarán a emerger. En un mundo que se hace más pequeño cada día, tal vez podamos ir dejando afuera a las destructivas fuerzas del fanatismo, haciendo lugar para el sano poder del mutuo entendimiento.

Esta es mi esperanza. Esta es mi plegaria.

Creo que este beneficio es posible porque me dice que todo es posible, pero también creo en base a lo que he visto y he vivido. No me crié en una casa particularmente religiosa. Tuve un padre que nació Musulmán pero se volvió ateo, abuelos metodistas y bautistas no practicantes, y una madre que no creía en la religión organizada, a pesar de ser la más bondadosa y espiritual persona que jamás he conocido. De niño ella me enseño a amar y a comprender, y a tratar a otros como que me trataran a mi.

No me convertí al cristianismo sino muchos años después, cuando me trasladé a la zona sur de Chicago luego de la secundaria. No fue por adoctrinamiento ni por una súbita revelación, sino porque pasé mes tras mes trabajando con gente de la iglesia que simplemente quería ayudar a los vecinos que estaban pasando por un mal momento, sin tomar en cuenta qué aspecto tenían, o de donde venían, o quien dirigían sus oraciones. Fue en esas calles, en esos vecindarios, donde por primera vez sentí el espíritu de Dios llamándome. Fue allí donde me sentí llamado para un propósito superior. Su propósito.

En diferentes caminos y diferentes formas, es ese espíritu y esa sensación de propósito lo que guió a los amigos y vecinos de aquel primer desayuno de oración de Seattle, hace tanto tiempo, en otro periodo de prueba para nuestra nación. Es lo que guía a amigos y vecinos de tantas naciones y naciones hacia aquí el día de hoy. Venimos a compartir el pan y a dar gracias y a buscar orientación, pero también a fortalecer nuestra dedicación a la misión de amor y servicio que yace en el corazón de toda la humanidad (Como acaba de proclamar el Concilio del Vaticano II). Como San Agustín dijo una vez: “Reza como si todo dependiera de Dios. Trabaja como si todo dependiera de ti”.

Así que recemos juntos esta mañana de febrero, pero trabajemos juntos también todos los días y meses que tenemos por delante. Porque sólo a través de la lucha y el esfuerzo común como hermanas y hermanos, que cumpliremos nuestros mayores destinos como criaturas amadas de Dios. Les pido que se unan a mí en ese esfuerzo, y también les pido que recen por mí, por mi familia, y por la continua perfección de nuestra unión.

Gracias.