Archivo de marzo de 2011

El prototipo ideal en no pocos sectores hoy es de persona bien casada, con hijos, sin líos extramatrimoniales, misa y comunión los fines de semana. Todos los hijos con todos los sacramentos propios de su edad y condición. Y pertenencia a alguna comunidad de matrimonios.

Naturalmente todo esto es fantástico, pues estarán mejor preparados para realizar su vocación cristiana.

Y la vocación cristiana, según el Evangelio es la de los que aparecen en la sociedad queriéndose entre ellos y queriendo a todos, sirviendo con cariño a los preferidos del Señor: los marginados y anunciando a todos el Evangelio.

Es decir los que cumplen el mandamiento básico del Evangelio: “en eso os conocerán, en que os queréis unos a otros. Este es MI mandamiento” “que os queráis los unos a los otros como yo os he querido”.

Los que recibirán el máximo premio: “Venid benditos de mi Padre, porque quisisteis a los más despreciados: los marginados y necesitados.

Y también deberán cumplir el que nos anunció cuando se marchaba. El que para exigírnoslo invoca impresionantemente que lo manda porque El es el Señor: “Se me ha dado todo el poder en el Cielo y en la tierra. Por eso os digo: id y anunciar el Evangelio a toda criatura”.

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Este es el perfil del cristiano: amar a todos y anunciar el Evangelio a todos.

Y, como prototipo de este ideal, nos propone la iglesia a los Apóstoles.

Vivieron con El, recibieron infinidad de bendiciones, mandatos y cariños de El. Les enseñó a vivir como El quería que viviesen los suyos.

Le quisieron hasta su muerte.

Y luego fueron amándole por todo el mundo hasta que uno a uno fueron destrozados por el martirio que les abría las puertas para estar con El, de nuevo, cara a cara.

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Pecados tuvieron como todos: tuvieron miedo no pocas veces, se pelearon por ser los primeros, les faltó Fe continuamente, dudaron de El, se desanimaron, huyeron dejándole sólo ante la muerte, se creyeron superiores, se durmieron en la oración y no le acompañaban cuando El se iba a orar, querían recompensa grande y rápida.

Y, fíjate: nunca ni para nada menciona pecado alguno en ellos “de cintura para abajo”.

Solamente sabemos que Pedro se casó. Pero nada de su mujer ni de posibles infidelidades.

Nada de sus problemas sentimentales o sexuales. Estaban en la plenitud de la edad.

De eso, ni mención.

Lo que consta claro es lo fundamental: creyeron en El, le siguieron en todo, dejaron todo lo que tenían para seguirle. Ningún problema afectivo ni sentimental les retraso nunca en nada. Se quisieron  entre ellos, quisieron y sirvieron a los necesitados, siempre fueron fieles amigos, servidores, anunciadores de Jesucristo.

Tuvieron novietas? Echaron alguna canita al aire? Se recrearon en pensamientos eróticos? Se provocaron algún desahogo?

Ni una palabra.

Lo que sí sabemos es que no se confesaron nunca.

No negamos que haya pecados de sexo. Lo que queremos decir es que no son lo más importante y que evidentemente, si no hay un minimo de control pueden arruinar vidas.

Son santos, apóstoles y mártires.

Fueron fieles hasta la muerte anunciando el Evangelio.

Son, según toda la Iglesia, nuestros modelos.

Son el ideal cristiano.

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Y, fíjate que curioso.

Cristo fue tentado para hacerle pecar.

Y ese espíritu del mal no es tonto.

Lo tentó con lo que veía que eran los puntos más vulnerables de un joven.

1º Tener cosas (pan para comer. Luego vendría más: riqueza)

2º Gustillo de tener cosas, de ser rico y admirado: tírate del murallón del Templo. Luego vendrá más (Vanidad).

3º Póstrate de rodillas, en lo alto de este monte. Toda la inmensidad que estamos viendo, te la daré, si postrado me adoras. (Soberbia).

Son los puntos más vulnerables de un hombre joven.

Son los pecados por donde se desangran.

De sexo: ni una palabra.

Esos son nuestros voluntarios que trabajan con los niños de las cárceles y sus madres.

Este año no teníamos dinero para hacer las “vacaciones de invierno” con madres y niños de las cárceles de Madrid y algunos añadidos.

Y los voluntarios se empeñaron en hacerlas.

Diseñaron, imprimieron y vendieron cantidad de calendarios con fotos de “sus niños”.

Consiguieron que les cediesen una discoteca, y consiguieron llenarla…y llenar de euros la bolsa para esas vacaciones.

Hicieron colectas, sablazos…

Y allí fueron a parar  con todos esos niños que, de día les martirizarían pidiendo cosas, y por las noches se turnarían en llorar para recordar a los voluntarios que eran sus esclavos.

El tiempo ha sido fabuloso y los niñitos superaron a esos cachorros de osos blancos rondando por la nieve.

Allá fueron a ver el “milagro” algunas de las responsables del Equipo de Voluntariado de la Fundación.

Porque otras, estaban enganchadas con el centenar de niños y madres que pasaron allí esos días.

Jaime les soltó un rollete dándoles las gracias, y María Matos remató.

Tampoco hay dinero, esta maldita crisis, para las vacaciones de verano.

Entre todos tenemos que conseguirlo.

Si se siembra Evangelio, florece.

Lo demás: devoncioncitas, pecados, novenas, y rencor y miedo muere.

Y en Panamá sembramos Evangelio.

De obra: las parroquias, la Ciudad del Niño.

De palabra: en pequeñas comunidades y en las Eucaristías.

Las primeras Eucaristías las tuvieron Jaime y sus primeros compañeros.

En pleno campo, en un terreno que nos acababan de dar, junto al pueblo. Bajo un sol criminal, predicando como si estuviera en la plaza de San Pedro, y teniendo por público a media docena de señoras mayores, y una docena de niños inquietos.

Todo fatal.

Menos lo que se sembraba: Evangelio.

Al poco tiempo ya teníamos una parroquia de madera, amplia.

Jaime se volvió a España, aunque volvía con frecuencia de visita.

Allá seguimos nosotros.

Tuvimos que aumentarla.

Por fin, construimos una grande, de cemento, preciosa.

Allí cerca, Luis, comenzaba otra con gente perdida en la selva agrupada en pequeñas comunidades que tenía que visitar con frecuencia que su agenda le permitía.

El próximo año celebrará sus bodas de plata.

La Ciudad del Niño es un milagro.

Empezamos con treinta niños, recogidos en total abandono.

Hoy es un pueblo.

Somos una comunidad humana con gente de todas razas.

No pocos, unidos en fecundo y estable matrimonio.

Unos somos españoles, y reunidos por aquí, otros por uniones familiares, están por aquí, otros por compromiso cristiano están o pasan con frecuencia por aquí.

Hay cariño, hay pasado feliz.

Hay ilusión de futuro aunque los años pasen.

La verdad es que no es fácil descubrir por qué estamos tan unidos.

Pero la solución es fácil: el EVANGELIO.

Las Mañanitas.

Entre los pobres también hay clases.

Vivir en el suburbio mísero tiene sus comparaciones.

Como decía aquel gitano: a mí que no me den. Que me pongan donde haiga.

Y eso es el suburbio.

Los fuertes quedan allí, y echan a los más débiles hacia las afueras.

Por allí está el barrio de las Mañanitas.

Pobre entre los pobres, y punto de acogida para los salidos de Coiba, la isla cárcel más dura de Panamá.

Ver tantos ranchitos míseros, con una mujer y media docena de niñitos, es impactante.

Pero pasa a ser agobiante pensar que pasa allí dentro de 10 o 12 años, cuando cada uno de esos niños sean padres.

Allí centro su actividad Mirella Porras de Arias.

Responsable de todo lo que pudo hacer aquellos años Jaime por esas tierras.

Organizó la Fundación Jaime Garralda y con ella en Mañanitas fundó una biblioteca para que los niños que quisieran pudieran estudiar bien y complementar la deficiente escuela del barrio.

Ha ido aumentando y hoy es un Centro amplio, lleno de niños y otros no tan niños.

Abierto al barrio con la oferta de la cultura y el deporte.

Lo estuve viendo despacio.

Di los diplomas a unos niños que en plenas vacaciones de verano allí, habían completado un curso de lectura y escritura.

Y goce viendo este pequeño pulmón en un barrio asfixiado por la pobreza y marginación.

“Urge que con la labor sinodal sepamos descubrir el rostro de Cristo y mostrarlo al mundo, devolverlo a los hombres”

Eso dijo el Sr. Cardenal.

El rostro de Cristo no es el de un juez que espera la mínima para condenarnos, sino la de un Hombre – Dios, que entrega su vida para salvarme.

Y, desde el sufrimiento goza con la alegría de saber que es para salvarte.

No te vas a salvar por tus meritos (¿?) sino por Jesucristo.