Salía triste del cementerio.
Y me golpeaba el ritmo del poeta:
“Dios mío, qué solo se quedan los muertos!”
Eso lo escribió de joven.
Yo, ahora no puedo decir eso.
Ahora lo que me golpea es: “Dios mío, que solos nos quedamos los
viejos!”.
Ya se me fueron mis abuelos, mis padres, mis tíos casi todos mis
hermanos y nueras, y primos gran cantidad de “
amigos de siempre”, muchos Jesuitas que entramos en los años de la
postguerra.

Dios mío, que sólo me deja la muerte.
Nunca he estado solo
Siempre he estado con cantidad de compañeros, de amigos, de gente.
La muerte no me deja sólo.
Pero me deja sin ellos.
Y eso, en el fondo, es dejarme solo
Los que me salvan son “ellos”.
Los que me necesitan,
Los que seguirían en las cárceles.
Los que seguirían viviendo en las aceras, los que vinieron buscando
futuro para los suyos y andan perdidos, ateridos de frio.
Los vencidos por enfermedades que causan terror y rechazo a la gente.
Los niños.
Los bebes que se van destruyendo en la dureza de las cárceles.
Las que salen de ellas con un bebé en brazos y un horizonte macabro: o
vender droga o alquilar su cuerpo.
Ellos.

Ellos son los que me salvan.
Ellos me arrastran violentamente contra esta tierra….
Y mis queridísimos voluntarios.
Los que engancharon sus vidas a esta ilusión de servirles a “ellos”.
Los que todos los días.
Todos.
Entran en las cárceles a jugar con ellos, a ayudar a sus madres.
Van a nuestros Hogares, donde los niños comen, duermen, viven como
niños con sus madres.
Sacan a “nuestros” niños a pasear, a jugar, a salir empapados de cariño
todos los fines de semana.
Y todos los veranos, todos ellos con sus madres pasan sus vacaciones con
nosotros en una experiencia impresionante.
Los que sirven con enorme cariño en las cárceles a todos.
Y a la salida si están enfermos graves de enfermedades “temidas”.
Si no tienen dónde ir.
Si les destroza la canallesca droga.
Si la psicología se les rompió con tanto sufrir.
Si quieren prepararse para salir y vivir tras la dura experiencia.
Organizan Hogares para ellos.
Para que vivan, coman, duerman felices en ellos.
Les acompañan.
Les quieren.
Ellas, ellos los voluntarios de nuestra Fundacion me atraen a la tierra,

Gracias, amigos.

Gracias hermanos.

Con vosotros no tengo tiempo ni ganas de mirar al calendario.
“P’ allá que me voy….”
Ni hablar.
Con vosotros mis queridos enfermos.
Con vosotros mis queridísimos voluntarios.
Con vosotros, me voy a servirles a ellos.
Tiempo habrá para todo.
Gracias Padre Nuestro que eres el cielo.
Evidente.
Impresionantemente bello lo que nos haces vivir dentro de nuestras
almas.
Padre Nuestro, de ellos y de nosotros.

Gracias.
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